Y minuto tras minuto veía todas las gotas que empapaban la calle, y vi al perro refugiándose en su caseta y al vecino de enfrente bajar la persiana encerrándose así en su calor hogareño. Y yo tenía frío y me estaba mojando, y todo seguía igual.
Después de un rato más viendo correr el agua cerré la ventana, me quite las gotas de agua de la cara e inexplicablemente rompí a llorar, lloraba como una niña pequeña y lloraba con todo el dolor del mundo.
Lloraba por que me sentía insignificante, pequeñita, perdida e incluso sola.
Da igual cuanto cambie la vida que ahí fuera todo va a seguir su curso, después del día caerá la noche y otro amanecer llegará.
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