sábado, 1 de septiembre de 2012

Él.

Son las 8 o 9 de la mañana. Temprano. Ahí viene con sus pasos cortos y torpes a darme sus besos de buenos días.
Apenas levanta dos palmos del suelo y sin embargo a mi me hace ver las estrellas desde arriba. Mágico.
Aprovecho los últimos 5 minutos con los ojos cerrados mientras el me estira del pelo, me araña la espalda, me clava los pies en los riñones y me suelta una sopa de letras por esa boquita que difícilmente logro entender. Pero lo quiero.
Al final abro los ojos, lo aupo, lo beso, le hago pedorretas en esa tripilla que tiene y se rie con ese sonido que tanto me gusta. Y soy feliz.

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